Son las siete de la mañana y probablemente ya has tomado varias decisiones.
Qué van a desayunar. Qué falta en la lonchera. Quién lleva a los niños. A qué hora hay que recogerlos. Qué reunión tienes. Qué debes comprar. Qué mensaje olvidaste responder. Y mientras haces todo eso, tu cabeza ya está pensando en lo que viene después.
La maternidad está llena de momentos maravillosos, pero también de una enorme cantidad de responsabilidades que muchas veces no se ven.
No es solamente hacer cosas. Es recordarlas.
Y esa diferencia importa.
Porque detrás de muchas mamás que parecen tener todo bajo control hay una mente que rara vez descansa. Incluso cuando finalmente se sientan, siguen pensando: “No se me puede olvidar…”.
Ese cansancio mental también es estrés.
Cuando tu cabeza tiene demasiadas pestañas abiertas
Puedes tener abiertas dos o tres pestañas y funcionar perfectamente. Pero si abres veinte al mismo tiempo, el computador comienza a ponerse lento.
Con nuestra mente puede ocurrir algo parecido. El problema no siempre es una gran dificultad. A veces son treinta pequeñas preocupaciones funcionando simultáneamente: el colegio, el trabajo, una cita médica, las cuentas, la relación de pareja, los pendientes de la casa, un hijo que está pasando por un momento difícil y, además, todas esas cosas que queremos hacer por nosotras y seguimos aplazando.
El psicólogo y divulgador Jonathan García-Allen explica que el estrés sostenido no depende solo de los grandes problemas, sino de la acumulación constante de demandas pequeñas que el cerebro interpreta como “pendientes abiertos”. Cuando no cerramos esos ciclos mentales, la sensación de carga se mantiene activa incluso en momentos de descanso.
Y creo que aquí hay algo importante para las mamás: acostumbrarse al estrés no significa que haya dejado de existir. A veces simplemente aprendimos a funcionar cansadas.
No todo tiene la misma importancia
Uno de los grandes generadores de tensión es sentir que todo es urgente.
Responder el mensaje, comprar el regalo, organizar la casa, entregar el trabajo, resolver el problema de uno de los niños, llamar al médico, contestar el correo del colegio. Cuando todo ocupa el primer lugar, nuestra mente permanece en alerta porque siempre existe algo pendiente.
Por eso una de las habilidades más importantes que podemos desarrollar no es hacer más, sino decidir mejor dónde ponemos nuestra energía.
Yo lo llamo separar “lo importante” de “lo que simplemente está haciendo ruido”.
Puedes probar algo muy sencillo. Toma una hoja y escribe todo lo que tienes dando vueltas en la cabeza. No solamente las tareas; también las preocupaciones.
Después divide esa lista en tres:
- Lo que necesita mi atención ahora.
- Lo que puede esperar.
- Lo que no depende de mí.
Esta última categoría suele ser la más difícil.
Nos preocupamos por decisiones que otras personas deben tomar, imaginamos situaciones que todavía no han ocurrido e intentamos controlar cosas que sencillamente están fuera de nuestras manos.
Y preocuparnos más no nos da más control. Solo nos deja más cansadas.
La pausa también puede ser productiva
Muchas mamás sienten que descansar es algo que harán cuando terminen todo. El problema es que “todo” nunca termina.
Siempre habrá ropa por organizar, mensajes por responder, algo del trabajo pendiente o alguna necesidad familiar que atender.
Por eso necesitamos cambiar la idea de que la pausa es el premio después de cumplir. A veces parar es precisamente lo que necesitamos para poder continuar mejor.
No estoy hablando necesariamente de una mañana en un spa, ni de tener dos horas disponibles. Hablo de pequeñas pausas reales: caminar unos minutos sin mirar el celular, respirar antes de entrar a casa después del trabajo, rezar en silencio, hacer ejercicio, tomar un café sin intentar hacer tres cosas simultáneamente o simplemente sentarse diez minutos sin sentirse obligada a “aprovechar el tiempo”.
Parece poco. Pero en una vida acelerada, aprender a detenerse también es una habilidad.
¿Y si esta semana haces menos?
Esta pregunta puede resultar incómoda porque estamos acostumbradas a pensar en qué más deberíamos hacer.
- Más ejercicio.
- Más paciencia.
- Más tiempo de calidad.
- Más organización.
- Más productividad.
- Más vida social.
- Más atención a la pareja.
Pero quizá la pregunta que necesitas no sea: ¿qué más tengo que hacer?
Puede ser:
¿Qué puedo dejar de hacer?
- Tal vez exista un compromiso que puedes cancelar.
- Una tarea que alguien más puede asumir.
- Una expectativa que necesitas flexibilizar.
- Una actividad que puede esperar.
- O una preocupación que tienes que reconocer que no está bajo tu control.
- Gestionar el estrés no consiste únicamente en aprender técnicas para soportar una vida sobrecargada. También implica revisar por qué estamos cargando tantas cosas.
- Y aprender a pedir ayuda forma parte de ese proceso. No tenemos que demostrar nuestra capacidad haciendo todo solas.
Una pequeña prueba
Durante una semana, al comenzar el día, elige solamente tres prioridades reales.
Cuando aparezca una nueva tarea, pregúntate: “¿Esto necesita mi atención hoy o simplemente está pidiendo mi atención?”.
Esa pequeña diferencia puede ayudarte a recuperar algo que perdemos fácilmente cuando vivimos aceleradas: la capacidad de elegir.
Y al terminar el día, en lugar de repasar mentalmente todo lo que quedó pendiente, prueba hacer lo contrario: identifica tres cosas que sí salieron bien.
- Una conversación con tu hijo.
- Una tarea terminada.
- Haber salido a caminar.
- Una comida juntos.
- Haber tenido paciencia en un momento difícil.
- Una oración que te dio tranquilidad.
Porque nuestra vida no puede convertirse únicamente en una lista interminable de pendientes. También necesitamos aprender a reconocer lo que ya estamos haciendo bien.
Para seguir profundizando
Si este tema te resulta familiar, una lectura muy recomendable es El poder de la atención, de Daniel Goleman, donde se explica cómo la dispersión mental y la sobrecarga de estímulos afectan directamente nuestra capacidad de calma, enfoque y bienestar emocional.
Pero más allá de cualquier libro o herramienta, hay una idea que me gustaría dejarte.
Tus hijos no necesitan una mamá que pueda con todo.
Necesitan una mamá presente. Una mamá que pueda disfrutar. Que se equivoque y vuelva a intentarlo. Que sepa pedir ayuda. Que tenga momentos de cansancio sin pensar que por eso está fallando.
Porque cuidar de una familia también implica aprender a cuidar la manera en que estamos viviendo mientras lo hacemos.
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Marcela Londoño Jaramillo
Life Coach, mentora y consultora del Instituto Latinoamericano de Liderazgo.
Esposa, Mamá de 3, administradora.
@marcela.lifecoach



