Todos, en algún momento de la vida, hemos sido heridos. Una palabra que no esperábamos, una promesa incumplida o una actitud que nos dejó una cicatriz. Y, aunque no siempre sea nuestra intención, también nosotros hemos herido a otras personas.
Por eso, hablar del perdón no es hablar de un tema lejano. Es hablar de una experiencia profundamente humana.
Sin embargo, cuando escuchamos la palabra “perdonar”, muchas veces aparecen ideas equivocadas. Creemos que significa justificar lo que ocurrió, minimizar el daño o actuar como si nada hubiera pasado. Y no es así.
Perdonar no cambia el pasado. Lo que transforma es la manera en que decidimos seguir viviendo después de lo que ocurrió.
Mientras una herida permanece abierta, una parte de nuestra energía sigue atrapada en ese dolor. Volvemos una y otra vez a la conversación que nos hubiera gustado tener, imaginamos respuestas diferentes o esperamos una disculpa que quizá nunca llegue.
Sin darnos cuenta, el resentimiento empieza a ocupar un espacio demasiado grande en nuestro corazón.
La psiquiatra Marian Rojas Estapé explica que las emociones sostenidas en el tiempo tienen un impacto directo sobre nuestro bienestar. Vivir instalados en el rencor mantiene al organismo en un estado de alerta que dificulta experimentar serenidad y disfrutar plenamente de la vida.
Por eso el perdón no beneficia primero a quien nos hizo daño. Beneficia a quien decide dejar de cargar con ese peso.
Eso no significa olvidar.
Tampoco implica permitir que vuelvan a hacernos daño.
Incluso hay situaciones en las que perdonar no supone retomar una relación.
Hay personas con las que el vínculo puede reconstruirse y otras con las que será necesario mantener distancia para proteger la propia paz. Ambas decisiones pueden ser compatibles con un corazón que ha aprendido a perdonar.
Quizá una de las formas más difíciles de perdón sea la que dirigimos hacia nosotros mismos.
Como madres, solemos recordar con facilidad aquello que sentimos que hicimos mal. La paciencia que se agotó demasiado rápido, la respuesta impulsiva, el momento en que no estuvimos presentes como hubiéramos querido o la culpa por creer que nunca hacemos lo suficiente.
Pero vivir ancladas en esos errores tampoco nos permite crecer.
Reconocer una equivocación es saludable.
Aprender de ella es necesario.
Quedarse a vivir en la culpa no transforma a nadie.
El perdón, también hacia uno mismo, abre espacio para comenzar de nuevo.
Y eso no significa conformarse. Significa aceptar que somos personas en proceso, no personas perfectas.
Una herramienta para ponerlo en práctica
Piensa en una situación que todavía te genera dolor.
Ahora escribe dos listas.
En la primera, anota aquello que no puedes cambiar.
En la segunda, escribe lo que sí está en tus manos: sanar, poner límites, conversar, pedir perdón, aprender o decidir cómo quieres seguir adelante.
Este ejercicio ayuda a diferenciar entre aquello que consume nuestra energía inútilmente y aquello sobre lo que realmente podemos actuar.
Para reflexionar
Perdonar no borra las cicatrices.
Pero evita que ellas sigan dirigiendo nuestra vida.
Y esa, quizás, es una de las formas más profundas de libertad.
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Marcela Londoño Jaramillo
Life Coach, mentora y consultora del Instituto Latinoamericano de Liderazgo.
Esposa, Mamá de 3, administradora.
@marcela.lifecoach



