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Amistades en la maternidad: volver a encontrarnos en medio de la vida

La maternidad es una de esas experiencias que lo cambia todo sin pedir permiso. Cambia los horarios, las prioridades, la forma de pensar y, casi sin darnos cuenta, también cambia nuestras relaciones. Entre ellas, las amistades.

De repente, aquellas conversaciones largas e improvisadas se vuelven mensajes interrumpidos. Las citas espontáneas pasan a depender de agendas, siestas, enfermedades infantiles o cansancio acumulado. Y muchas veces aparece una sensación silenciosa: la de estar más lejos de algunas amigas, incluso queriéndolas igual.

Pero la realidad es que no es la amistad la que desaparece. Es la vida la que se vuelve más compleja.

Cuando la vida se llena, las amistades se transforman

Antes de ser madres, muchas relaciones se sostenían en la facilidad: tiempo libre, disponibilidad, planes sin demasiada planificación. Con la maternidad, esa facilidad se reduce, y lo que queda es lo esencial.

Algunas amistades se adaptan a este nuevo ritmo. Otras se enfrían. Y otras, sorprendentemente, se vuelven más profundas.

Porque cuando ya no hay tanto tiempo, lo que se comparte se vuelve más auténtico. Ya no hablamos por hablar: hablamos porque queremos saber de verdad cómo está la otra persona.

Sin embargo, también es normal sentir cierta nostalgia por lo que fue. Por esa versión de nosotras que podía quedar a tomar un café sin mirar el reloj. Por esa libertad que parecía infinita.

Y aquí es importante recordar algo: no estamos perdiendo quiénes éramos. Estamos ampliando quiénes somos.

La soledad invisible de la maternidad

Hay un tipo de soledad que muchas madres reconocen, aunque pocas la verbalizan: la de sentirse acompañadas físicamente, pero no siempre comprendidas emocionalmente.

Puedes estar rodeada de gente y, aun así, sentir que nadie está viviendo exactamente lo que tú estás viviendo. Por eso las amistades en esta etapa no son un lujo. Son un sostén emocional.

Una amiga que escucha sin juzgar, que no minimiza lo que sientes, que no compite con tu cansancio, puede convertirse en un espacio de aire en medio de días intensos.

A veces no necesitamos soluciones. Necesitamos alguien que diga: “yo también he pasado por ahí”.

Amistades que crecen con nosotras… y amistades que no

Uno de los aprendizajes más difíciles de la vida adulta es aceptar que no todas las relaciones están destinadas a durar para siempre en la misma forma.

Hay amigas que nos acompañan durante una etapa concreta: la universidad, los primeros trabajos, la soltería, los inicios de la maternidad. Y eso no las hace menos importantes. Simplemente cumplieron su papel en ese momento de nuestra historia.

Otras amistades, en cambio, se adaptan al cambio. No necesitan verse cada semana para seguir sintiéndose cerca. No necesitan explicaciones largas para entenderse. Son relaciones que han aprendido a sobrevivir a la distancia, al silencio y a los cambios de vida.

Y luego están las nuevas amistades que llegan con la maternidad: otras madres del colegio, del parque, del grupo de lactancia o de actividades infantiles. Mujeres con las que compartimos algo muy concreto: la experiencia de criar.

A veces estas nuevas relaciones sorprenden por su profundidad. Porque nacen desde la vulnerabilidad compartida.

El valor de las “personas vitamina”

La psiquiatra Marian Rojas Estapé utiliza el concepto de “personas vitamina” para referirse a aquellas relaciones que nos hacen bien, que nos aportan energía emocional y que nos ayudan a crecer.

En la maternidad, este concepto cobra aún más sentido.

Una persona vitamina no es la que siempre está disponible, ni la que siempre está de acuerdo con nosotras. Es la que, cuando hablamos con ella, nos deja mejor de lo que estábamos antes.

Es la amiga que no compite, que no juzga, que no invalida.

La que puede decirte con cariño lo que necesitas escuchar, no solo lo que quieres oír.

La que celebra tus logros sin compararlos con los suyos.

La que te recuerda que sigues siendo tú, incluso cuando tú misma lo has olvidado.

Y también la que te permite ser tú sin exigencias.

Cuidar la amistad en medio del caos

En la maternidad no siempre hay grandes gestos. Pero sí hay pequeñas decisiones que sostienen los vínculos:

Responder un mensaje aunque sea con retraso.

Enviar un audio mientras cocinas.

Proponer un café sin esperar a que “haya tiempo perfecto”.

Recordar un cumpleaños.

Preguntar cómo está alguien de verdad, no solo por cortesía.

La amistad en esta etapa no se basa en la frecuencia, sino en la intención.

Y eso cambia completamente la forma en la que la vivimos.

Volver a nosotras a través de las amigas

Hay algo muy poderoso en las amistades: nos devuelven partes de nosotras mismas que a veces olvidamos en la maternidad.

A través de una conversación con una amiga podemos volver a reír como antes, recordar quién éramos, hablar de temas que no tienen nada que ver con rutinas infantiles, o simplemente sentirnos vistas como mujeres, no solo como madres.

Porque aunque la maternidad nos transforma profundamente, no nos define por completo.

Seguimos siendo amigas, hijas, profesionales, soñadoras, personas con intereses, miedos y deseos propios. Y las amistades nos ayudan a no olvidarlo.

Volver a encontrarnos

Quizá la amistad en la maternidad no se trata de mantener todo como antes, sino de aprender a encontrarnos de nuevas formas. Menos frecuentes, pero más conscientes. Menos perfectas, pero más reales. Más adaptadas a la vida que tenemos hoy, no a la que teníamos antes.

Y en ese proceso, tal vez descubrimos algo importante: que las amistades verdaderas no desaparecen con el tiempo, solo cambian de forma.

Y que, incluso en medio del cansancio, los horarios imposibles y la vida llena, siempre hay espacio para volver a encontrarnos.

***

Marcela Londoño Jaramillo

Life Coach, mentora y consultora del Instituto Latinoamericano de Liderazgo.
Esposa, Mamá de 3, administradora.
@marcela.lifecoach

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